“Ismael y la felicidad” relato nº 16 – VI Cuéntame el Autismo

“Ismael y la felicidad” relato nº 16 – VI Cuéntame el Autismo

Luis Eduardo Pérez nos remite desde Guatemala y fuera de concurso este emotivo relato sobre el día a día de su hijo Ismael

Algunas personas que no me conocen del todo, dicen que yo no me porto bien, que soy un problema para seguir instrucciones y que las reglas del juego jamás las comprenderé. Sonrío dulcemente y creo que no han entendido que la regla más clara que tengo es ser feliz al participar; lo sabe papá, lo sabe mamá, por eso me alientan a seguir, con todo el amor que profesan por mí y por mis maneras; vivir es urgente, divertirse intensivo y aunque soy sólo un niño sé entregar por completo todos mis talentos, por eso en ocasiones me resulta imposible quedarme quieto.


Murmuran que no soy normal y al escuchar eso me alegro, veo su normalidad y aunque la respeto creo que siempre tiene muy pocos sueños; por las mañanas, cuando no tengo que ir al colegio, soy el mejor arquitecto, fabricando muros de juguete que mamá por la tarde destruirá permitiéndome con ello, al día siguiente, tener más cuidado en los detalles y corregir los errores de cálculo o de precisión que pueda cometer al crear.

Por las tardes cuando vuelvo del colegio, después de la siesta, busco a papá y él es el mejor en los videojuegos, pero siempre me deja ganar. Cuando el tiempo transcurre entre saltos, un poco exagerados, que doy cuando me emociono, todo es felicidad; pero cuando papá dice que es momento de dejarlo, que mañana volveremos a jugar, me impaciento, le aruño, le muerdo, a veces sé que le hago enojar y no verse muy cuerdo. Pero al final de todo mamá siempre vendrá para rescatarnos del mal rollo; y sabrá abrazarme y explicarme que llegó el momento de descansar. Y así como en el deporte del boxeo, luego del mal rato que pasamos con papá, sabremos resolverlo, con un beso y un te quiero; sin rencores, ni complejos, a nuestro modo, aunque nadie pueda entenderlo y sigan diciendo, algunas personas que no me conocen del todo, que yo me porto mal.

Ya aprendí a gritar ¡Gol! cuando papá mira el futbol, a pintar en las paredes tal y como mamá pinta sobre superficies de texturas varias; no me importan demasiado los goles, pero pateo un pequeño balón por toda la casa y sin detenerme en busca de que se equilibre un poco el ambiente; no me importan demasiado los diseños al pintar, pero todos los personajes de las caricaturas que yo veo, lucen bien cuando dibujo sus retratos en las paredes de mi cuarto y también cuando con plastilina los voy creando y hago sentir muy orgullosa a mí mamá.

Esas mismas personas que no me conocen del todo, dicen que papá y mamá deberían imponerme muchos más límites; pero papá y mamá creen que los límites necesarios para mí son los que me guíen a respetar a los demás y a respetarme; que al crear no hay límite que valga, puesto que no existirían millones de obras maravillosas, en todo arte, de no ser por la falta de límites y de miedos que tuvieron sus creadores al lograrlas.

Soy tan increíble, tan duro y tan sensible, apasionado por las cosas que me encantan y desentendido de lo que no me resulta prioritario; tengo un corazón tan grande para amar y para aceptar que aunque hay otros que no piensan y no sienten como yo, tienen derecho a una vida feliz sin la obligación de intentar encajar como condición.

Digo frases en castellano y en inglés, me encanta cantar y bailar; una vez mi terapeuta de lenguaje dijo que aprender frases en dos idiomas distintos me iba a confundir; es bueno contar con papá y con mamá, con su desobediencia a ciertas reglas, de lo contrario yo no podría expresar tantas cosas que siento, que necesito y que descubro; al final de cuentas, qué más da en qué idioma lo diga, si el idioma que a cabalidad con papá y mamá entendemos, es el del amor que siempre nos tendremos.
Seré el mejor en todo cuanto me decida a practicar, deporte o diversión, arte e imaginación, si soy feliz al participar; es tan bonito ver que cada vez hay más personas rodeándome que comprenden mi forma de ser, mi forma de sentir y de mover, sin voltear a verme raro, sin alejar, de mí, sus sentimientos más humanos.

Y quizás algún día el mundo aprenda a girar como giro yo, sin marearme, quizás algún día el mundo aprenda a moverse como me muevo yo, con alegría; a enojarse como yo me enojo, con toda la rabia encendida, misma que se me olvidará enseguida. Quizás algún día el mundo aprenda a reírse como me río yo, hasta con las encías, quizás algún día el mundo aprenda a amar como amo yo, con sinceridad y sin mentiras; sin fingir lo que en el momento no sentía. Quizás algún día el mundo juegue al futbol como juego yo, sin preocuparse tanto por los goles, por las anotaciones, y disfrutando más de reducir su ansiedad; así como yo procuro controlar mi propia ansiedad, con la que me bendijo Dios y que recorre todo mi cuerpo, cuando muchas ideas, sonidos e información, vienen a mí al mismo tiempo.
Una tarde de estas iré nuevamente al parque, con papá y con mamá, volveré a jugar al baloncesto con un balón que jamás encestaré, por simples cuestiones de estatura y del viento; pero ellos no me dirán que lo deje de intentar, ellos me han enseñado que lo imposible es solamente algo más…

Messieral | messieral.com “Dedicado con todo mi amor a mi hijo Luis Santiago Ismael”

LUIS EDUARDO PÉREZ

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“SÓLO QUIERO HACER DEPORTE, AYÚDAME…” relato nº 15 – VI Cuéntame el Autismo

“SÓLO QUIERO HACER DEPORTE, AYÚDAME…” relato nº 15 – VI Cuéntame el Autismo

Francisco José Paredes nos hace llegar este relato consistente en reflexiones reivindicativas sobre las dificultades con las que se encuentran las personas con Autismo para practicar deporte

Estamos los dos solos, aquí sentados, querida sociedad.
Ya sabes que soy una persona con autismo y no es el momento de reproches ni de echarte en
cara la cantidad de promesas que has incumplido. Yo entiendo mi diferencia e incluso soy
consciente de ella, pero tú no…
Perdona, lo siento no quiero reproches…
¡Estamos los dos solos!
Cuéntame motivos para no dejarme que toque la cima de mis posibilidades.
¿Qué miedo tienes? No me vengas con la usada y manida frase: de no tengo recursos. Si no los
hay, búscalos. Lo hiciste para otros. ¿Tan difícil es entender que nos necesitamos el uno al
otro? Si cierras la grieta de mi diferencia en vez de agrandarla, te irás convirtiendo en fuerte y
justa. Necesitas cuidar de mí, no puedes ni debes eludir esta responsabilidad.
Pero, ¡¡mírame a los ojos!! No mires para otro lado. ¿Por qué no me dejas notar el aire en mi
cara? ¿Qué motivos tienes para no dejarme sentirme como el resto de niños, que cabalgan a
lomos de sus caballos blancos, gritando que son normales? ¿Sabes de qué te hablo? ¿Por qué
no facilitas que también yo pueda cabalgar y poder gritar que soy diferente? ¿A qué juegas?
¿Por qué no me ayudas a ver un atardecer en el parque mientras mis pies vuelan sin tocar el
suelo?
¿Pero qué te he hecho para que no pongas todos los medios necesarios para que la lluvia
pueda acompañarme en mi viaje matutino con mi padre?
Te pido, por favor, que hagas algo. Es una cuestión de justicia social, y cuando te vomito la
verdad sólo sabes mirar al suelo y seguir haciendo promesas que son simplemente brindis al
sol.
¡¡No me vengas con el cuento de la política, las normas, los decretos!! Si quieres puedes. Y si
no, dímelo a mí que no hablo y soy capaz de comunicarme. Estás delante de un luchador que
solo te exige que le des las mismas armas que al resto para que en la batalla de cada día no me
vaya con más heridas que las necesarias o las mismas que cualquier otro niño al que tú has
decidido categorizar de normal.
¡¡¡Solamente quiero MONTAR EN BICICLETA Y HACER DEPORTE COMO CUALQUIERA!!!
No olvides que aunque me pongas trabas, un día cabalgaré a lomos de mi bici. ¡No es una
amenaza!, es una promesa. Un día cabalgaré al lado de mi padre y mis manos seguirán
intentando coger mariposas que no existen para ti, pero que para mí son reales.
Y ese día de nuevo nos sentaremos los dos solos y por fin podrás mirarme a los ojos y decirme
que conseguiste mi integración. Ese día, querida sociedad, serás fuerte y sana. Hazme caso,
querida sociedad.

Francisco José Paredes Pérez

 

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“La felicidad en tres pasos” relato nº 13 – VI Cuéntame el Autismo

“La felicidad en tres pasos” relato nº 13 – VI Cuéntame el Autismo

Hoy os presentamos el relato número 13 enviado por María Ángeles Rueda desde Madrid, un relato sobre la relación entre un perro Labrador y un chico.

LA FELICIDAD EN TRES PASOS

El hombre gritó “¡Mira, hijo, ya está aquí!” y el muchacho, alto y flaco como esas plantas
endebles que crecen sólo hacia arriba en busca de un resquicio de luz, obedeció la orden; miró
hacia donde le indicaba su padre. Entonces se produjo el pequeño milagro esperado : los ojos
oscuros del muchacho, que hasta ese momento parecían fijos en un punto lejano entre las
hojas a contraluz del bosque, se iluminaron súbitamente y enfocaron la figura peluda del
Labrador, que se acercaba con un trotecillo alegre y confiado. Como en un juego de espejos
emocional, la sonrisa del perro se reflejó en el rostro del muchacho y la expresión de éste en la
del padre. Y el hombre pensó: “Aún habrá gente que diga que los perros no sonríen”.
Detrás del Labrador caminaba una mujer sosteniendo una correa en una mano. Los adultos
se acercaron, se saludaron brevemente y la mujer dio la bienvenida al muchacho, esta vez de
modo pausado y cordial, como si le anunciara el comienzo de una magnífica ceremonia. A
continuación, le entregó la correa mientras le recordaba con palabras suaves y precisas cómo
debía ponérsela al perro y cómo empezar a andar. El primer paso ya estaba dado: habían
aprendido a pasear juntos.
Luego vendría un sencillo juego con una pelota y, finalmente, la parte menos dirigida, la más
caótica y, precisamente por eso, la más locamente divertida para los dos: la parte de juego
libre.
El pequeño grupo marchaba por un sendero. La disciplina y la buena disposición del Labrador
se hacían patentes cada vez que el muchacho se detenía para coger un palo del suelo, o una
piedra, o una hoja interesante; el animal le esperaba inmóvil, sin muestra alguna de
nerviosismo, como si en su postura, sentado y de perfil, se condensara toda la paciencia que
cabía en su alma canina. A veces el chico se apartaba unos pasos de la senda para mirar atrás;
se diría que de repente había recordado algo o que intentaba divisar un objeto dejado en el
punto de partida, quizás un pensamiento. Parecía, pues, algo ensimismado e indeciso. A pesar
de todo, el Labrador volvía a aguardar mientras su mirada oscura y bondadosa decía “Bien, tú
sabrás. Tú mandas”. Y el muchacho sabía que no debía soltar la correa, pues, desde la primera
sesión de terapia tiempo atrás, ésa era la condición que la monitora había exigido para llegar al
ansiado tercer paso. Consciente de ello, el chico siempre volvía a centrar la atención en su
compañero después de cada parada.
El segundo paso, el de jugar con la pelota, requería algo más de concentración por parte de
los dos. El muchacho debía llamar al perro por su nombre, sujetar la pelota a la altura de su
hocico, dejar que la olisqueara un segundo, emitir la orden “ve a por la pelota” y esperar
quieto a que el animal la trajera entre los dientes y la depositara cuidadosamente a los pies del
chico como si se tratara de un presente. Memorizar esta secuencia llevó bastante tiempo, pero
el resultado fue sin duda gratificante para ambos amigos: el Labrador agradecía corretear un
poco sin la correa y el muchacho agradecía soltarla de su mano, a la vez que podía comprobar
la destreza de su brazo derecho lanzando un objeto, actividad que, solo unos meses antes, no
le habría resultado precisamente fácil. Pero, sobre todo, el chico disfrutaba al ver cómo el
perro regresaba una y otra vez, dócil, los flecos de color marfil de su cola ondeando al viento;
aquellas carreritas eran preludio de las que vendrían después. El muchacho lo sabía. Y sonreía.
Por fin, la mujer que había traído al Labrador lo llamó cariñosamente, recogió la pelota y
pronunció la frase mágica: ”¡A jugar!”. El muchacho salió corriendo, pero no a grandes
zancadas como permitían sus largas piernas, sino, a imitación del Labrador, en un trote
juguetón y saltarín mientras volvía la cabeza y le gritaba al perro “¡PILLA-PILLA!”. El animal lo
perseguía y ambos zigzagueaban por un prado como cachorros; corrían uno tras otro, casi se
alcanzaban, saltaban, giraban sobre sí mismos y las carcajadas del muchacho hacían vibrar las
hojas más altas en las copas de las hayas. Eran felices. Y el hombre, observándolos, lo era
también.

María Ángeles Rueda Prieto

 

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“Ángela y Luna” relato nº 12 – VI Cuéntame el Autismo

“Ángela y Luna” relato nº 12 – VI Cuéntame el Autismo

Raquel García desde Murcia nos propone con su relato una entrañable amistad entre Ángela, una niña de ocho años, y Luna, una yegua inconformista.

Ángela y Luna : La verdadera amistad.

Ángela una niña con autismo de 8 años vive la asombrosa experiencia de conectar con Luna,
una yegua rebelde que no encontraba sentido a su vida.

Su amistad despierta en ambas una luz, una esperanza que las llena de amor. Juntas hallarán el
más grande de los tesoros de la vida.

Mi nombre es Luna, soy una yegua que lleva trabajando, mucho tiempo con niños con
autismo. Quiero compartir con vosotros la experiencia que transformó mi vida por completo.
Yo nací en un prestigioso Club de hípica, lo tenía todo, fama, lujos, caprichos. Pero me sentía
vacía, siempre lo mismo. A ver quien lucia la mejor melena, quien corría más, quien hacia los
mejores tiempos. Todo eso de repente me dejó de interesar. Me encontraba triste, enfadada.
No quería seguir esas absurdas normas sin sentido.

Mi rebeldía pronto me pasó factura y mis dueños me vendieron a una granja.
El primer verano en la granja, me sentía bien, libre, nadie me decía lo que tenía que hacer.
Disfrutaba de una vida, alejada de las apariencias, de las prisas.

Una tarde de verano apareció Ángela, la sobrina de mis nuevos dueños. Percibí que era
diferente, su mirada era profunda y me cautivó desde el primer momento.
Sentí curiosidad por aquel ser, tan frágil y misterioso.

Siempre se quedaba mirándome pero no se acercaba. Un día decidí, tomar la iniciativa y muy
despacito me acerqué a ella.

Conforme me iba acercando, note algo dentro de mí que despertaba, era una sensación nueva,
diferente, que me hacia vibrar ,ver con el corazón, lo que era realmente belleza ,Ángela.

Me presente con una bonita sonrisa, soy Luna, pero Ángela, no me respondió.
No quería hablar conmigo, pensé. No lo entendía. Igual me quede junto a ella. Contándole
anécdotas del Club de hípica, de las competiciones, de mis antiguas compañeras que se
burlaban de mí, por no seguir esas normas, ajenas a lo que me dictaba mi interior. Una tarde,
Ángela empezó acariciarme, fue increíble. Estaba escuchándome, me entendía.
Conforme pasaban los días, Ángela brillaba más, sus ojos relucían al verme y su sonrisa
desprendía felicidad. Yo seguía narrando mis diferentes aventuras, algunas graciosas, otras
tristes, mientras ella me miraba y entendía todo lo que le iba expresando. Era mágico.

Llego el momento, en el que la vi preparada para cabalgar, pensé que eso nos uniría todavía
más. Quizás, le haría hablar, la liberaría de su pequeño mundo cerrado y silencioso. La miré a
los ojos con ternura y le pregunté, ¿confías en mí?. Me arrodille frente a ella y se subió con
valentía abriéndome su inmensa alma.
Cabalgamos toda la tarde, disfrutando del precioso paraje que nos rodeaba. Así transcurrieron
los días y el verano llegaba a su fin.
Las dos sabíamos que siempre estaríamos juntas aunque no nos viéramos se había producido,
había nacido entre nosotras la verdadera amistad.
En su despedida, Ángela me dedicó una mirada llena de esperanza y con voz suave y delicada
susurró mi nombre.

En ese mismo instante entendí mi misión, mi pasión, poder ayudar a los niños como Ángela,
diferentes, especiales, pero mágicos pues estando con ellos conectamos con el amor, la
esperanza, la luz que ilumina nuestras poderosas almas. Cada niño que ayudo, me acerca más,
me despierta más a ese amor que surgió con Ángela, mi pequeño ángel que me enseño, el más
grande tesoro de la vida, la verdadera amistad.

Raquel García Fernández

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“Una noche mágica” relato nº 11 – VI Cuéntame el Autismo

“Una noche mágica” relato nº 11 – VI Cuéntame el Autismo

 

Cristina López nos envía el relato titulado “Una noche mágica”, una jornada muy especial vivida por su protagonista Daniel y sus padres

 

Era la noche del 2 de agosto, y en el hotel anunciaban un evento de canciones Disney para los más
pequeños.
Para coger un buen sitio y que Daniel pudiera verlo bien, llegamos antes de tiempo y nos situamos
cerca del pequeño escenario.
¡Después de una breve espera, comenzó el espectáculo!
‘Mickey’ y ‘Pocahontas’ dieron paso en seguida a la música y empezaron a bailar las tres
animadoras sobre el escenario. Los niños que allí estaban se acercaron al escenario y comenzaron
a bailar al ritmo de aquella música. De repente, Daniel, que estaba sentado junto a nosotros, se bajó
de la silla para unirse a ellos.
Fijo la mirada en una de aquellas animadoras del escenario, y junto a sus iguales, 1comenzó a imitar
los movimientos de aquel baile!, y así siguió durante varias canciones seguidas.
Su padre y yo no podíamos creer lo que veíamos: nunca habíamos visto en Daniel esa respuesta, y
sobre todo durante tanto tiempo.¡Era tan emocionante verle!, era uno más de aquellos niños, sin
diferencias.
Los padres de los demás niños disfrutaban viendo bailar a sus peques. Nosotros, además, veíamos
en Daniel, en cada uno de sus movimientos, esa magia que surge casi espontánea en los demás
niños, y que en él hace falta un pequeño empujón para invitarla a surgir…¡¡allí estaba!! y tenía un
poquito de todos los que le acompañan cada día: terapeutas, logopedas, colegio, familia..
Nunca olvidaremos aquella noche que nos hizo imaginar que es posible una sociedad en la que
todos bailan juntos, con sus semejanzas y sus diferencias, pero juntos

Cristina López

 

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