“Te quieio” relato nº 29 – VI Cuéntame el Autismo

“Te quieio” relato nº 29 – VI Cuéntame el Autismo

El relato número 29 de esta sexta edición de Cuéntame el Autismo es “Te quieio” y llega de la mano de Tsvetomila Rumenova desde Madrid

Érase una vez un reino llamado Madrilandia. Hace poco más de cuatro años, nació ahí un pequeño príncipe rubio de ojos marrones y muy expresivos. A mí siempre me parecieron azules: al mirarlos, veía en ellos el reflejo del mar y del cielo, y sentía la pureza que tiene este color. Mi príncipe se llama Alex, pero muy pronto todos empezamos a llamarle Pimpollo.
De bebé era igual que todos en Madrilandia: comía, lloraba, dormía y jugaba. Y te miraba con sus ojos bien abiertos hasta que te derretías como un helado. El tiempo pasaba y el Pimpollo crecía. Empezó a andar y luego a correr, y no había nadie en todo el reino que pudiera pararle.
Pero llegó un día en el que sus padres se dieron cuenta de que él no era como los demás niños de Madrilandia.
Al Pimpollo le encantaba correr en círculo una y otra vez, no hablaba, y cuando le mirabas giraba la cabeza hacia otro lado. Le gustaban pocos juegos, y a veces parecía que no escuchaba o no entendía cuando le hablabas. Otras veces gritaba para contestarte, y no eran sus gritos lo que me molestaban sino las miradas de los que estaban cerca. Uno de sus juegos era tirar objetos y juguetes al suelo, y no se asustaba aunque el ruido fuera más fuerte que un trueno.
Todos en el reino veían que el principito no hablaba, y sus amigos sí. Su manera de comunicarse a veces era gritando, otras llorando, y otras veces sólo hacía movimientos desesperantes con sus pequeñas manitas. Cuando tenía dos años, sus papás, que le querían muchísimo, le llevaron al médico y descubrieron que tenía autismo.
¿Qué era eso? ¿De dónde venía?
Tenían muchas preguntas, pocas respuestas, y estaban perdidos en un laberinto.
Pero el tiempo fue pasando, el pimpollo cada vez era más grande… y ya no gritaba. Después ya apenas lloraba; y un poco después, ya no giraba la cabeza cuando le miraban.
Hoy en día, cuando le hablan, él mira con sus ojos curiosos.
En el reino todos le quieren mucho. Sus amigos le ayudan y le cuidan. El principito vive feliz en Madrilandia. Cada día dice algo nuevo, monta en bici, corre en el parque y nada como los delfines. ¡No os miento, tendríais que ver cómo nada!
En el pequeño reino saben que Alex, a pesar de todo, no es como la mayoría de los niños, porque aunque ya habla, habla poco y no siempre.
Yo tengo mucha suerte, porque conmigo habla no sólo con palabras: también lo hace con sus besos -con un poco de baba, por cierto-, con sus abrazos de oso -que a veces te rompen algún que otro collar-, y con su sonrisa de oreja a oreja.
Yo sé que Alex -mi Pimpollo- no es, efectivamente, como la mayoría de los otros niños. Pero no porque hable menos que ellos, sino por algo mucho más especial…porque… ¡tiene poderes! ¡Unos poderes maravillosos y únicos! Creedme, yo lo sé mejor que nadie. Y ahora quiero que vosotros también conozcáis esos poderes.
Alex tiene el poder de exprimir la vida hasta el último rayo de sol de cada de cada uno de los días que vive. No hay un segundo de tiempo perdido en su día, y cada instante, lo vive y lo disfruta más que el anterior. Él llena hasta el máximo cada día de su vida.
Otro de sus poderes, que valoro como si fuera un cofre lleno de tesoros, es el de parar el tiempo. Es el poder que más quisiera yo poseer: así podría ver el mundo a través de sus ojos, sin oír el tic tac de las agujas del reloj, y disfrutaría, como él, de las olas del mar. También disfrutaría del parque, ese inmenso parque verde donde nos espera cada tarde para correr sin destino. Así lo hace él.
Claro que Alex no es como todos los niños en el reino: es él, es único y te regala momentos únicos. Es capaz de mirarte, acariciarte la cara y las pestañas, explorar cada rincón de tu rostro desde el amanecer hasta que salga la Luna. No, no es como todos los niños: él aprecia el canto de los pájaros, aprecia el viento, aprecia las olas del mar. Aprecia, de hecho, el propio agua, sea en el mar o en la piscina; tanto es así, que cuando llueve no se esconde, sino que abre su boquita de piñón para saborear las gotas de lluvia.
¿Y sabéis qué? Todavía tiene más poderes: su “te quiero” no es como el de los demás niños de Madrilandia, creedme. Es más bonito y dulce, y suena así: “te quieio”.
Lo reconocería desde la montaña más alta y lejana. Es el “te quieio” que más me gusta oír y, además, es el más sincero.
¿Y yo?…tal vez os estéis preguntando quién soy.
Soy una bruja, como las que aparecen en los cuentos… pero soy la bruja buena.
Soy la que le da la mano para cruzar, la que se moja su frágil cabello en la piscina y se reboza en la arena con él aunque odie mancharse. Soy la que le da un abrazo cuando se pone nervioso. Soy una brujita loca que no tiene barita mágica pero intenta hacer que su mundo, nuestro mundo, sí que sea mágico como él. Y es que Alex, mi Pimpollo, nuestro Pimpollo, es así: es distinto, único y mágico
Nosotros le queremos así y deseamos de todo corazón que los demás amigos del reino le quieran tal y como es.
Y antes de terminar este cuento, -un cuento que yo estoy viviendo de verdad-, os quería contar un secreto: anoche soñé que le regalaba un perrito al Pimpollo por su cumpleaños. Es que… ¿no os había contado que los perritos le encantan?
Pues sí, le encantan, y hacen que su cara se ilumine más que un cielo lleno de estrellas. Y yo quiero que él tenga para siempre ese amigo peludo y fiel, que siempre va a estar cuando lo necesite, que lama su carita, que le arranque alguna que otra palabra y le saque una sonrisa cada mañana.
¿Podré hacer mi sueño realidad?
Pase lo que pase, os hago una promesa: os lo contaré en el próximo capítulo de “Cuéntame el Autismo”.
Mientras tanto, yo, que soy la brujita buena de los cuentos, os quiero pedir que me hagáis vosotros a mí un par de promesas.
Quiero que me prometáis que vosotros también llenaréis al máximo cada uno de vuestros días, como Alex: hasta el último rayo de Sol.
Pero, sobre todo, quiero que me prometáis que vosotros también le regalaréis cada día un “te quieio” a vuestra brujita buena. Así, todas mis amigas brujitas podrán ser tan felices a vuestro lado como lo soy yo al lado de mi Pimpollo.
Por cierto Alex…ya termina el cuento y casi se me olvida decírtelo…
¡Yo también te quieio!

Tsvetomila Rumenova Raykova

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“¿A que no lo habíais notado?” relato nº 28 – VI Cuéntame el Autismo

“¿A que no lo habíais notado?” relato nº 28 – VI Cuéntame el Autismo

José Luis Roca Aymar nos envía desde Madrid el relato número 28 de esta sexta edición de Cuéntame el Autismo con el título “¿A que no lo habíais notado?”.

Hola. Mi nombre es Ayla. Nací en Manchester y ahora tengo cinco años tan largos como mi pelo. No me gusta que me lo corten ni tampoco las uñas. El color preferido es el rosa. Vestido, zapatos, diadema, y gafas de sol rosa. Todo de color de rosa.
Mamá es inglesa y papá español. Dicen los mayores que soy muy observadora y de gran memoria. Dicen, y dicen muchas cosas. Yo callo y observo.
Hoy, os quiero presentar a Bella, mi gran amiga.
Ayer fuimos a la granja de siempre para montar a caballo. Bella, así se llama, es más alta que una persona mayor. Blanca con grandes orejas y tiene un flequillo de igual color. Sus enormes ojos son negros. Yo voy con la gorra y las botas de montar. Nada más llegar me está esperando Bella. Nos cruzamos las miradas durante unos segundos, entonces mi madre dice que mi sonrisa llega hasta el cielo. Su cuidadora es muy buena porque me ayuda a montar, y me explica dulcemente la posición de las manos y como debo llevar las riendas. Dice que es como el volante en un coche con freno y todo. Tiro de ellas para andar, girar y parar. En el extremo de mis botas tengo unos hierros que se llaman espuelas. Es como el motor. Doy con mis pies dos toques suaves y empieza a caminar al paso. Si golpeo en Bella un poquito más fuerte, se pone a trotar. Entonces el movimiento de mi cuerpo sube y baja sobre la silla de montar en un balanceo controlado por mi profe, es muy chulo y me siento muy, muy feliz. Siempre me subo con la misma pierna y recorro el camino conocido.
Otra manera de divertirme es viendo pelis de dibujos animados. Tengo mis favoritas.
Estoy concentrada en las cosas que me gustan como los dibujos animados. Puedo repetir el diálogo de mis héroes, mil y más veces. Imito sus voces. Para los ruidos soy sensible, porque a veces me aturden y me mareo viendo los objetos como si se movieran. He leído un cuento maravilloso. Era un país en el que reinaba la felicidad. Sin ruidos y con personajes que jugaban tranquilos. Niños listos capaces de entender la vida sin tantísimo ruido. A veces no entiendo el mundo de los mayores y sus complejidades. Les siento tensos y van como locos en un ir y venir sin sentido. Eso no es vida. Así no quiero ser mayor.
Antes no los miraba a la cara como protesta. Ahora, poco a poco, he cambiado de proceder gracias a mi señorita del cole. Es todo un amor. Me enseña canciones y bailamos. Son canciones y no ruidos, naturalmente. Otra actividad con la que disfruto mucho es nadar en la piscina y en el mar durante las vacaciones. Voy a la piscina dos días a la semana, a la misma hora, realizando los ejercicios habituales. Entro en el agua con el pie derecho. Me gusta.
Físicamente todos dicen que soy igual que mamá. Rubia y con los ojos azules como el mar de la “beach” en vacaciones. Mi piel es clara, más moreno mi hermano. Me imita y a veces no me deja jugar. Nos enfadamos pero viene papá o mamá, y nos abrazamos haciendo las paces. En el fondo es muy cariñoso pero un poco brutote.

Yo soy una niña de costumbres. Los horarios, oí decir a mis padres, son sagrados para los niños. Me da seguridad. Cuando me peino, siempre es a la misma hora y con el cepillo guay, me llaman guapa. Esta palabra en español fue de las primeras que aprendí de pequeña. Para mi tiene un significado muy querido y especial. Ya os contaré. Otra palabra en español que conozco es “croqueta”. Costó al principio pronunciarla. Por eso antes las llamaba “patatas pegajosas de la abuela Guapa” mi abuela española. Están riquísimas. Hasta 17 comí de una vez. Papá ha tenido que aprender a cocinarlas. Lady Croqueta, así me llama mi abuelo español, Pepe.
Mi abuela inglesa cocina muy bien, pero su especialidad son las tartas y pasteles para chuparse los dedos. A Pepe le encanta más comer salado. Quizás alguna ensalada pueda hacer de vez en cuando. El camina con su bastón mágico por todas partes despacito. Es su fiel compañero. Yo pienso que Bella es mi amiga del alma. Sería capaz que una gota de agua se partiera en dos para compartirla con ella. Cada vez que estoy con Bella aprendo nuevas cosas. Nos queremos.
Papá me habla en su idioma y mamá en inglés. Mi mente a veces se marea porque resulta un poco difícil entender a los mayores, y mucho más en idiomas tan distintos. Pensaréis que es un jaleo, lo es. Pero como salgo a mis padres que son muy listos, problema solucionado. Además si hace falta, no os preocupéis que tengo recursos para que me entiendan…
Mi hermano es Santiago, aunque por ser más corto y sonoro le llaman Santi. Tiene tres años y medio. Está casi tan alto como yo. La familia y los amigos dicen que es igualito a papá. Fuerte, alto, y sus ojos son de color de miel.
Vivimos en una casa de ladrillos rojos. Tiene dos pisos. Es grande, bonita y con mucha luz. La escalera es tan larga y empinada, que mi hermano y yo bajamos sentados tirándonos como si fuera el tobogán del parque. Cómo disfrutamos con sus escalones. Son trece. Cuando hace mal tiempo con mi madre montamos un picnic en el suelo del salón. Es muy divertido. A Santi le encanta jugar con sus dinosaurios. Allí donde vaya los lleva. Hasta duerme rodeado de su parque jurásico. Tiene muchísimos de todos los tamaños y colores. Los llama por sus propios nombres. Yo soy más de pintar, colorear, disfrazarme de princesa y también de jugar a las construcciones, que duran hasta que llega el terremoto de mi hermano. Mami toca muy bien la guitarra y canta como un ángel. Me enseña y aprendo. Ya sé silbar. Con papá jugamos sobre todo al big bear. Nos escondemos por toda la casa, pero el “gran oso”, es muy poderoso y listo. Siempre al final nos encuentra. Reímos y gritamos llenos de felicidad.
Ahora quiero hablaros de algo muy importante, de mi nuevo colegio. Es muy chulo. Está cerca de casa. Tiene un jardín muy grande con árboles preciosos y flores de muchos colores. Lo paso muy bien con mis pocas pero grandes amigas. Son muy divertidas las actividades que hacemos. Las profesoras son muy cariñosas y tienen paciencia con nosotras. Soy feliz. Hay días que me quedo a comer en el cole, porque mis padres trabajan, y trabajan. Bueno, también descansan porque si no se morirían, y eso no entra en mi cabeza.
¡Ah! Me olvidaba contaros que mi hermano y yo somos autistas. ¿A qué no lo habíais notado?
Hasta pronto. Os quiero. xxx
AYLA

José Luis Roca Aymar

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“Unos ángeles en la tierra…” relato nº 27 – VI Cuéntame el Autismo

“Unos ángeles en la tierra…” relato nº 27 – VI Cuéntame el Autismo

José Luis Roca Aymar nos envía desde Madrid el relato número 27 de esta sexta edición de Cuéntame el Autismo con el título “Unos ángeles en la tierra”.

Son las cinco de la madrugada. El intenso calor de la jornada unido a la humedad ambiental produce una sensación térmica insoportable. El bochorno no se toma vacaciones pese a ser ya el final del ferragosto.
Imposible conciliar el sueño. He salido a la terraza, a los pies, el Mediterráneo. Enfrente a siete millas la Isla de Cabrera con toda su magia. Por unas horas he sido capaz de reconquistar el deseado silencio. Pronto en el horizonte se adivinará una luz púrpura para tornarse después en anaranjada dando el sol la bienvenida a un nuevo día.
Pero os tengo que hacer una breve confidencia…;
Hoy aprendí lo que hace tanto, y tanto tiempo pensé, pero no me atreví. Aprendí a ser abuelo de dos ángeles en la tierra. Sentí que el ser abuelo es uno de los mejores regalos que la vida te puede hacer. El amor más desinteresado, el más puro y limpio, sin contaminaciones de intereses mundanos. Esa nueva vida que ofrece generosamente la oportunidad de corregir con los nietos, los errores que cometí con mis tres hijos, ya mayores.
Es cierto que la biología no perdona. Cada año con más achaques y limitaciones físicas. Con nuestro mapa de arrugas vitales más completo, pero también con alguna virtud, sin embargo ahora con el tiempo disponible para poder ejercerla. El darse y gozar de los nietos.
Ellos son como los demás niños de su edad. Quizás con unas sensibilidades peculiares. La utilización de criptogramas es muy útil para interactuar y jugar. Además la expresividad de sus miradas, sus ademanes y gestos son únicos. Cuando uno empieza a comprender lo que sienten, y son capaces de trasmitir a su manera las sensaciones de cada momento… entonces me doy cuenta, que estamos en el buen camino.
El ocio y el deporte son dos columnas fundamentales en toda niñez. Con mis nietos actividades como nadar, montar a caballo en contacto con la naturaleza disfrutando de la flora y la fauna, jugar al balón, hacer construcciones con piezas de distintos colores, dimensiones y tactos, es una garantía de entretenimiento activo.
Hoy aprendí, que la felicidad en toda criatura se encuentra en las pequeñas grandes cosas. Está dentro de uno mismo, no la vemos, ni a menudo la sentimos, pero está adormecida en un letargo atemporal.
Han tenido que llegar “mis ángeles en la tierra”, para hacerme vibrar y salir de mi alma. Compartir sus logros y alegrías. Sus enormes ganas de vivir y de ser plenamente felices.
A vosotros mis queridísimos nietos, desde lo más profundo de mi corazón, os quiero, os necesito, y pido a Dios poder veros crecer, ¡! parejita ¡!

José Luis Roca Aymar

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“Los padres de Juan” relato nº 26 – VI Cuéntame el Autismo

“Los padres de Juan” relato nº 26 – VI Cuéntame el Autismo

El relato número 26 de esta sexta edición de Cuéntame el Autismo es “Los padres de Juan” y nos llega desde Tomares (Sevilla), de la mano de Daniel Ansias

Juan tiene 40 años, posee conocimientos de distintas materias sin embargo, a su vez, siempre ha sido muy poco comunicativo.
Muchos días contemplaba bellos atardeceres, mientras iba tranquilamente pedaleando por el paseo marítimo de su pueblo, pero un día sufrió un desgraciado accidente.
Obligado a pasar algún tiempo postrado en la cama, el miedo se fue apoderando de él y nunca encontraba el momento para volver a coger una bici o realizar algún otro tipo de ejercicio físico.
Mostraba un gran interés en todo lo relacionado con el mundo del ciclismo, la natación o el atletismo, llegando a seguir muchos de esos acontecimientos deportivos, especialmente los relacionados con el ciclismo, ya por TV o de forma presencial.
Sus padres estaban preocupados por la actitud pasiva de su hijo a la hora de realizar ejercicio fisco y que sólo se centrara en lecturas de libros históricos, costumbristas o de novelas épicas. Por otro lado no cesaba en su empeño de labrarse un futuro laboral interesándose por posibles cursos de actividades administrativas o de cocina, otra de sus grandes pasiones.
Le encantaba todo lo relacionado con el mundo de los fogones y muchas veces se encargaba de preparar excelentes postres para disfrutar con su familia o cuando recibían la visita de amistades.
Apoyado por sus padres, participó en un curso de cocina organizado por el ayuntamiento y que incluía un periodo de prácticas laborales en conocidas casas de comidas.
Pronto, llegaría a destacar por sus grandes cualidades como pinche de cocina, llegando a conseguir su primer contrato laboral. Poco a poco, conseguía labrarse un buen porvenir, pero seguía sin hacer deporte ni relacionarse con la gente, ello creaba un sabor agridulce en sus padres.
Gracias a la ayuda de ellos, que por otro lado se habían quedado sin trabajo, abrió un mesón a la entrada del pueblo, situado en un paraje ideal, muy cerca del río y de un verde prado.
Juan era un gran amante de la naturaleza y había imaginado que aquel espacio podía ser una zona ideal para que, después de comer en su restaurante, los clientes pudieran disfrutar de aquel idílico paraje.
Ahora podían estar más cerca de su hijo y así explorar juntos nuevas formas de sociabilización, así como también seguir intentando que perdiera el miedo para coger una bici o hacer algo de ejercicio físico.
El padre también compartía con su hijo la afición por la cultura gastronómica, incluso tiempo atrás había trabajado en un restaurante como camarero.
Un día los padres acudieron a una conferencia donde se habló precisamente sobre qué actitud se debe tomar ante personas como Juan. De allí salieron muy contentos y con algunas ideas para potenciar que Juan reanudara las actividades deportivas y de ocio, por las que antes ya había sentido una atracción.
De vuelta a casa, pensaron en proponerle diversas actividades relacionadas con alguna necesidad y que combinaran ilusión y deporte, de forma que volviera a ponerse encima de una bici.
Pensaron en aprovechar el amplio campo que tenían alrededor del mesón, en el que Juan podría plantar y cuidar personalmente un pequeño huerto. Ello cuando menos le obligaría a caminar hasta el lugar haciendo algo de ejercicio físico.
Idearon ponerle una condición para encargarle el cuidado del huerto: sólo se lo propondrían si aceptaba que para desplazarse hasta el lugar antes de empezar a trabajar, correría un día y otro iría en bicicleta. Para que Juan se fuera olvidando del miedo, le dijeron que durante un tiempo iría un instructor a su lado, comentándole la fórmula adecuada para ir correctamente en bici.
Por otro lado, los padres también le sugirieron que programara y empezara a dar cursos de cocina básica; pero además esos cursos se complementarían con salidas a huertos, para que los participantes pudieran conocer mejor los alimentos que más tarde emplearían en el curso de cocina básica.
El objetivo no era únicamente que los participantes pudieran conocer recetas básicas de cocina o de crecimiento y de maduración de los diferentes alimentos, sino que además también se trataba de crear un clima de convivencia y amistad entre todos los que se inscribieran en el curso, diseñando esas salidas en por lo que las salidas en forma de yincanas.
Poco a poco, los padres fueron consiguiendo sus objetivos y Juan empezó a ser una persona más sociable, al margen de haber perdido el miedo a volver a montar en bicicleta.

Daniel Ansias 

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“No te puedes ni imaginar…” relato nº 25 – VI Cuéntame el Autismo

“No te puedes ni imaginar…” relato nº 25 – VI Cuéntame el Autismo

Maria Redondo Martínez nos envía desde Roquetas de Mar (Almeria) el relato número 25 de esta sexta edición de Cuéntame el Autismo con el título “No te puedes ni imaginar…”.

No te puedes ni imaginar cómo me gustaría explicártelo, pero no puedo. Aunque me reconforta saber que sí, que hay momentos donde se produce una chispa, no sé si en tu corazón o en mi cerebro. Como cables que se conectan sin tocarse y logro que lo sientas.
Ambos hicimos muchos planes imaginarios. Yo no quería separarme de ti y tú me contabas que haríamos viajes increíbles, que descubriríamos paisajes bellos y obstáculos inesperados. Me ibas a enseñar a ser optimista, alegre, noble y buena persona. Haríamos deporte juntos y excursiones por la montaña. Queríamos conocer mundo y que de forma natural, abriera la mente a lo grande que es la diversidad de personas, culturas, razas, países, formas de vivir. Querías enseñarme a ser un ciudadano del mundo y no que el mundo me dijera de dónde soy. A amar a los animales, a cuidar la naturaleza, a sentir en mi piel el mar, en mis manos el tacto de compartir, en el río tus recuerdos de niña…Tuvimos miedo y prometiste protegerme siempre.
Me gustaba mucho cuando me rodeabas con tus brazos y hacías esos millones de planes imaginarios tan hermosos. Me hacía feliz y me sigues haciendo feliz. Pero también quisiera que supieras que correr y huir me da libertad. Que a veces las normas son sólo eso, normas. Y que saltárselas me provoca ser inocente, libre, ser yo mismo. Y te agradezco mucho que sepas que no debes enseñarme cada día algo nuevo. Que saber es importante, pero pasar días haciendo lo que yo quiero, aunque no parezca tener sentido, me deja saborear la vida a mi manera y es cuando más grito, corro y sonrío. Y sé lo que tú piensas..”hoy no aprende, pero es tan feliz…”.
Siento mucho mamá no poder correr sólo por el parque, no saber cuando algo es peligroso. No me da miedo casi nada… ni la altura, ni los obstáculos, ni los coches. Siento mucho mamá no haber sido el hijo que esperabas, el que imaginabas. Siento mucho tener seis años y no saber leer, ni hablar, ni nadar, ni tener amigos, ni sacar buenas notas, ni compartir juegos con niños en los columpios, no saber jugar al fútbol, andar en bicicleta…y tantas cosas que te imaginaste cuando nací o cuando me enseñabas a caminar o a comer solo. Es duro que te arrebaten a ese hijo con apenas dos añitos de vida y no sepas dónde está. En muy poco tiempo perdiste un hijo, un familiar y a una abuela. Te sentiste culpable, vacía, sola y perdida. Por primera vez en tu vida sentiste que ya nada tenía sentido y que todo tu mundo y tus sueños habían muerto. Empezar completamente de cero fue el camino que elegiste.
No te puedes ni imaginar cómo me gustaría que vieras mi corazón roto cuando te sentía llorar. Que casi todo a mi alrededor es un infinito puzzle y que hasta que no coloco cada pieza en su sitio, no puedo responderte como tú quisieras. Me encantaría secarte las lágrimas para que no salieran más. Desearía hablarte de tantos momentos… De cómo percibo el aire en mi piel, o tocar una flor, una planta y sentir su vida. Los pájaros vuelan alto, sin hacer ruido, pero yo enseguida puedo alzar todos los sentidos y los observo hasta que desaparecen. Me gusta cuando entonces tú me imitas y también lo haces. El silencio hace que constantemente me mires y al hacerlo vas descubriendo cómo soy, que miro, que hago en medio de la naturaleza o en una ciudad, rodeado de gente o en los silencios, en lugares con voces, música, entre tantos mensajes
mezclados. Descubres conmigo que las palabras no son imprescindibles y que la gente debería disfrutar de más momentos de silencio.
Te doy las gracias por esforzarte cada día en querer ser mejor y te pido que no te sientas mal cuando gritas ¡no puedo más!. Sé que sufres mucho por mi y en otras ocasiones te hago la persona más feliz y especial del mundo. Te doy las gracias por pensar que aún siendo mayor que yo en edad, puedes aprender cosas únicas de mi y te dejas llevar. Huyes de cualquier energía negativa que sientes cerca, porque sabes que a mi me pone nervioso. Buscas sentirte bien contigo misma porque eso te hace feliz y sabes que yo lo necesito, porque eres la persona que más tiempo pasa a mi lado. Hace ya bastante que descubriste que tu estado de ánimo me afecta a mi. Que cuando no estás cómoda en algún momento yo lo siento….No sabes cómo, pero es así. Y haces de traductora de mis “no palabras” y de mi energía para que pueda estar tranquilo. Sé cómo me miran y sienten otras personas antes de que se acerquen a mi y ese lengüaje no verbal te hace pasar malos ratos, porque tú ya sabes verlo y no quieres explicarlo a quien jamás lo entendería.
Llevas seis años esperando que te llame mamá…antes llorabas y ahora te ríes al comprobar que sientes envidia del personaje infantil “mamá pig”, al que yo sí llamo por su nombre. Gracias por mezclar tus cables del corazón y la mente con los míos y mostrárselos al Mundo.
Gracias mamá por tu fuerza y ánimo para seguir dando pasos a mi ritmo, por no rendirte y buscar fábricas de paciencia para seguir enseñándome libertad. Por no querer cambiarme por el hijo perfecto. Por amarme tal y como soy. Por no odiar el autismo que forma parte de mi ser. Todo esto, es lo que al final nos ha devuelto aquellos planes imaginarios tan hermosos que hicimos el día que nací. ¡Ya son nuestros mamá! Seguiremos celebrando los grandes logros. Descubriendo que al final de cada día te vas a dormir con sentimientos y no con cosas. Sintiendo que la vida merece la pena vivirla tal y como nos ha tocado escribirla.

Maria Redondo Martínez

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