Hoy os presentamos el decimoséptimo relato de Cuéntame el Autismo “El grupo sin ti no es lo mismo, Carlos” que nos envía Irene García, desde Guadalajara

Desde edades muy tempranas nuestros padres deciden apuntarnos a alguna actividad
de ocio para sociabilizarnos, comunicarnos con nuestros iguales y que empecemos a valernos
por nosotros mismos.
-¿Deporte? ¿Arte? ¿Espectáculo? … Difícil decisión, ya que es probable que marque el
resto de su vida. ¿Le gustará? ¿Hará amigos? No se sabe, pero siempre puede probar y cambiar.
Lo más importante es que se sienta cómodo y tenga el deseo de volver.-
Estos eran los pensamientos de la Mamá de Carlos aquel septiembre. El niño tenía 6
años y la madurez suficiente para empezar el que sería su hobbie. Ella solo deseaba que
encajara, puesto que Carlos es un poquito diferente a sus compañeros. Su tiempo de
acomodamiento suele ser distinto; solo necesita respeto y apoyo para poder pertenecer a un grupo.

Entre este mar de miedos, propuestas e ideas llegó la decisión: Carlos se apuntaría a un
grupo de teatro infantil. Le vendría muy bien para su desenvolvimiento ante personas, su
memoria y su aprendizaje.

Y así es como Carlos llegó a mí. El primer día agarrado de la mano de su Mamá, muy
educado en sus respuestas, se quedó con nosotros. Su primera reacción tras la observación
lógica, fue subirse al escenario de aquella sala, mirar los focos iluminados y tumbarse como una
esfinge a esperar a sus compañeros. Esta pequeña sucesión de gestos se convertiría en su ritual
cada lunes, para adquirir la seguridad que necesitaba.
Carlos era un niño especial. Aun siendo de los más pequeños era capaz de aprenderse
textos de forma muy rápida, captar velozmente las reglas de un juego, realizar cualquier
actividad sin miedo a hacer el ridículo y dar los tonos de cada personaje al que daba vida de la
forma más correcta que te puedas imaginar.
Pero claro, Carlos empezaba a ser el “rarito”. Corregía a sus compañeros cuando no
decían literalmente sus frases, quería jugar a juegos de matemáticas y lengua y llamaba a los
demás por el personaje que desempeñaban en la obra y no por su nombre real. Su mirada
también era extraña.

Esta situación no era sostenible y no era culpa de ninguno de los niños, por lo que entre
los adultos teníamos que cambiar algo. Decidimos reunir a todos los niños y analizar la situación.
Las palabras que allí ocurrieron fueron de lo más respetuosas posibles y llegamos a la conclusión
de que éramos un grupo en el que todos seríamos necesarios. Cada uno iba a aportar su granito
de arena.

En todo esto, a nuestro protagonista no se le iba a tratar de forma diferente, solo le
íbamos a dar el tiempo que necesitaba para adaptarse a cada momento, explicándole, si lo
requería la situación, las cosas que había que cambiar; como a cualquiera de los demás.
Y así fue como Carlos pasó de ser un niño “rarito” a un niño especial, tan importante
como los demás en el grupo. Sus compañeros le pedían ayuda para dar los tonos, se adaptaban
los juegos entre teatro y sus asignaturas favoritas y compartíamos momentos juntos.

Un final feliz, por supuesto. Pero como profe de teatro y de necesidades educativas
especiales algo en mí me pedía investigar sobre Carlos; ver por qué era especial. Recuerdo
realizar una práctica de la universidad con varios de los niños del grupo, entre ellos Carlos. Se
les proporcionaba un juego de construcción y deberían realizar algo juntos. En resumen, Carlos,
a su corta edad, se inventó un problema matemático con aquellas piezas de colores, lo que
incrementó mis ganas de saber mucho más sobre este pequeño.

Tras mucha lectura e investigación llegué a la conclusión de que Carlos era un genio con
autismo. Nunca me atreví a hablarlo con la familia, puesto que si ellos no quisieron comunicarlo
tendrían sus razones. En mi mente siempre pensé que no les gustaría que a su hijo se le
etiquetara como “el autista”, simplemente pretendían que fuera uno más. Carlos siempre fue
uno más y sin él el grupo no sería lo mismo.
Por diversas circunstancias tuve que abandonar ese grupo de teatro y con ello
despedirme de Carlos. Nunca más le volví a ver, pero siempre va conmigo, puesto que gracias a
él conocí el mundo apasionante al que me dedico. Me mostró mi camino, aquel de adaptar la
vida de las personas con autismo hacia la felicidad, como la de cualquier ser humano. Carlos me
enseñó que todos somos personas, que sentimos, creemos, nos ilusionamos…; solo necesitamos
tiempo.

Gracias Carlos.

Irene García

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