¿Quien no ha escuchado hablar en alguna ocasión de Superman, Batman, Spiderman, IronMan, etc.?

¿A quién no le hubiera gustado, alguna vez, tener los superpoderes que muestran en sus películas, mientras salvan el mundo del ataque de un malvado enemigo que quiere destruir el planeta?

Todos ellos comenzaron su andadura de superhéroes por características externas a su persona, lo cuál les diferencia de forma permanente con el protagonista de la historia que relato a continuación.

La vida de «Super A» siempre fue algo distinta a la del resto de los niños en su infancia, pero para nada fuera de lo habitual. Desarrolló sus superpoderes a partir de una visita al médico especialista, a quién ni siquiera escuchaba por estar entusiasmado con algunas de sus poco corrientes habilidades.

Debido a su hipersensibilidad a ciertos sonidos, como por ejemplo, la lavadora, la aspiradora o el secador de pelo, había estado acostumbrado a habitar los lugares más silenciosos de su casa, su colegio, el supermercado, etc. Así, había conseguido trabajar en su agudeza auditiva siendo capaz, tan solo unos años más tarde, de obtener como beneficio un oído extremadamente potente para frecuencias tan bajas que ni siquiera el resto de personas podemos escuchar.

Obviamente, para él era tremendamente divertido. Nunca compartió el secreto con ninguno de sus compañeros de juego, ni siquiera con sus padres o hermanos, ya que prefería pasar el tiempo explorando las lejanas tierras a las que algún día viajaría para comprobar el alcance de su destreza.

Desde siempre supo que su inseparable pericia haría estragos en el mundo real, pero prefería guardarla como un preciado tesoro, que disimulaba tener escondido a la perfección. Había un motivo más por el que no podía, ni debía, contar a nadie su especial maestría, y es que trabajaba desde su mayoría de edad en una agencia secreta de medio ambiente.

Su principal misión era la detección, sumergido en las profundidades del océano, de potenciales submarinos peligrosos que quisieran atentar contra las especies marinas en peligro de extinción. Dichos aparatos estaban comandados por el Doctor Killis, tan oscuro como sus ideas e intenciones. El Doctor Killis era un villano, algo torpe, que pretendía arrebatar al océano sus especies singulares, ya que consideraba que no deberían pertenecer a la regularidad que la madre naturaleza había creado.

¡Pero precisamente por heterogéneo tenía que ser compartido y conocido por todos los habitantes del planeta! «Super A», que bien destacaba como ineludible tal afirmación, había establecido como principal meta en su vida, tanto profesional como personal, la búsqueda de algo positivo en lo diferente, que no por ello negativo. Estaba orgulloso de todo lo que había conseguido en su existencia, difícil en ciertos momentos del pasado pero brillante en el presente y futuro, y había períodos de tiempo en los que se apenaba de no poder compartir con sus seres queridos sus logros y virtudes, más que evidentes por otra parte para los lectores de esta historia.

Una pena, pero a la vez comprensible, que todo lo anterior tuviera que quedar bien ensamblado a sus hechos rutinarios, en los que todo estaba encajado de una manera peculiar. Su aspecto físico en el día a día era de por si descuidado, mientras que para ir a trabajar lucía estupendos trajes de seda a conjunto con el resto de los accesorios que portaba con elegancia. Los problemas motores que hacían repentinas apariciones en los lugares menos esperados de su entorno vecino, hacían que tuviera que utilizar muletas de forma frecuente.

Mientras tanto, en lo recóndito de su laboratorio la tecnología permitía que sus extremidades fluyeran con absoluta naturalidad. Su boca no emitía sonidos de forma regular y espontánea, pero sus ojos expresaban todo lo que quería ser escuchado. Aquellas personas cercana a él, con un simple y pequeño esfuerzo, mantenían una relación mas que próxima con «Super A», de quien no podemos desvelar su nombre auténtico. Vivía con sus padres, ya que su trastorno no le permitía llevar, a ojos de la humanidad, una vida totalmente independiente de sus progenitores.

Bien, a pesar de la desconfianza que generaba «Super A» de cara al resto de los individuos, todos nosotros debemos tener en cuenta que es, y será, uno de los superhéroes que vela, y velará, por una extensa duración de la diversidad existente, su inclusión e el universo y la defensa de todo aquello que, aunque diferente, posea la misma riqueza que lo común. Le gustaría entrever, escondido en su oculta identidad, que detrás de cada persona con autismo hay muchísimas virtudes que descubrir, solo que tiene que ser nuestro poder de ser humano quién las revele y no las tache directamente al ser conocidad como meras piedras en un camino imposible de sortear.

 

Silvia Quirós

 

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