¡BUM! Contra la pared y vuelta a correr, esta vez en sentido contrario. ¡PLAF! otra vez las tazas en el suelo, esta vez hechas añicos. MMM….MMMM! un sonido recurrente de dentro hacia afuera, de él hacia el exterior, esta vez más alto que la anterior…Fue en  casa de la abuela. Estábamos mi hermana, su marido, yo con los niños y él, su pequeñín, que en aquel entonces tendría apenas dos años y empezaba a andar, ¡qué digo andar, a correr!

De repente me di cuenta y pregunté, eso sí en voz bajita:

Elisa, ¿has llevado al niño al pediatra a hacer la revisión?

¿Cuál? ¿la de los dos años? Aún no, lo llevaré la semana que viene. Si es que ando a mil, no ves cómo es Álvaro, no para, no para… ¡ni me mira! ¡Me vuelve loca! ¡No puedo con él! -murmuró sin fuerzas mi hermana, como si hasta la desesperación en su boca sonase apagada-.

Esa noche llegué destrozada a casa. Bañé a los niños como una autómata, les di la cena, no me fijé siquiera en si habían acabado o no y me los llevé a cama. Me tiré en el sofá y en ese momento sentí que la puerta se abría.

Hola cariño. Tengo un problema. Creo que Alvarito está mal, creo que le pasa algo, creo que no es normal…y lo peor…mi hermana no se da cuenta…¿debo decírselo?, ¿cómo no se lo han dicho ya los médicos?… Me derrumbé.

Pasaron los días, los meses y Elisa no salía de casa, apenas me cogía el teléfono y cuando lograba hablar con ella, me decía que estaba ocupada…Mi madre tampoco la veía. Cuando íbamos a su casa, cada vez más desordenada, nos hacía sentir molestos, nos dejaba solos en el salón, mientras ella se iba a la habitación de Alvarito, de la que casi nunca salían ninguno de los dos. No iba a comidas, ni a fiestas familiares, decía que a Álvaro le ponía nervioso el ruido y tanta gente junta.

Lo hablé con mi madre. No me creyó. Me dijo que el niño era movido.

Lo hablé con mi marido. No le interesó. Me dijo que el niño era movido y que sus padres eran los que debían saber qué hacer con él.

Lo hablé. Lo juro. Lo hablé. Lo grité…pero no me escucharon…algunos por miedo a que fuera verdad, otros por no querer aceptarlo…otros porque no lo querían.

Yo sí lo quería. Las pocas veces que me dejaban estar con él a solas, yo era capaz de ver debajo de sus gruesas gafas, de escudriñar sus ojos verdes tristes, de imaginar su mundo imaginario, de ponerme de su lado, de oír sus silencios y de entender la maraña de sonidos que, a veces, algunas veces, tomaban forma de palabras y, a veces, solo a veces, conseguía entender.

Álvaro va a hacer ya siete años. Le diagnosticaron a los tres años y medio. Habla poco pero se le entiende. Sonríe y a veces, solo a veces, deja que le achuche. La ternura que se sigue escapando de sus pequeños ojos verdes, tras las gruesas gafas, es infinita. No te mira a los ojos pero eso da igual porque casi siempre su mirada se clava en el suelo y después parece rebotar de forma casi mágica para fijarse en mis pupilas. Con él siento tantas cosas que parece imposible que haya gente que no quiera disfrutar de su compañía, que lo evite, que le moleste…Mi hermana ahora es feliz, feliz porque ha aprendido a entenderlo… y a quererlo… ahora, con locura.

Yo lo entendí desde el primer día. Siempre estaré a su lado y confío en que él me mire siempre como lo ha hecho hasta ahora. ¿Seré especial? Porque él si lo es y nada me enorgullece más que pensar que comparto con él algo de esa magia que lleva dentro.

 

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