En mis cuarenta años de vida -ya se que os sorprende porque solo me echáis veinte-, he vivido situaciones verdaderamente amargas como la muerte prematura de mi suegro, la falta de entendimiento con mi hermana, los costosos y complicados embarazos de mi mujer, con operaciones incluidas, y sobre todo la perdida de mi primera hija Paula en el octavo mes de gestación. Todas estas cosas y alguna más, sumadas a mi tendencia a guardarme mis sentimientos para mí, me hicieron ser gran amigo del conocido Lexatin para superarlos. También he tenido buenos momentos de felicidad como el nacimiento de mi pequeña y descarada sobrina, el paso de niños a hombre y mujer de mis sobrinos y el descubrimiento -ya hace tanto tiempo que ni me acuerdo- de la que iba a ser mi muñeca de porcelana, esa que me ha demostrado que con perseverancia, tenacidad, amor propio y sobre todo cabezonería se consiguen mover montañas y superar los retos más difíciles que la vida te puede mandar.

Pero el 30 de junio de hace tres años descubrí la absoluta y verdadera felicidad cuando a las 10 menos 10 fui padre de la criatura más perfecta que jamás mis ojos vieron, cuando la enfermera me indico que era hora de decírselo a los familiares porque yo no podía despegarme de esa inmensa felicidad, cuando salí a dar la noticia y como dice mi sobrina “tía un drama” para describir la felicidad que allí se implantó y todo el mundo ajeno percibió.

El tiempo paso dentro de nuestra burbuja de felicidad absoluta hasta que empezamos a darnos cuenta que mi hija no tenia contacto visual con el mundo que la rodeaba. La llevamos a médicos (aún seguimos, a la pobre le están haciendo más pruebas que en un control de alcoholemia a la una de la mañana) y la primera vez que oí la palabra autismo miré a mi hija y vi a Rayman jugando al black-jack. Qué confundido estaba entonces. Pasé todos los pasos del duelo, negación (a la niña no le pasa nada), reproches (qué hecho para que le pase esto), culpar a seres queridos (es culpa tuya que la tienes muy consentida), tristeza y desinterés (si haga lo que haga no va a servir para nada). Pero durante todo este proceso no dejamos de llevarla a médicos, terapeutas y todos los sitios que nos recomendaban, en parte por la perseverancia ya citada de mi mujer que tira pa lante como los de Alicante.

Gracias a esto empezamos a ver progresos, a conocer personas que hoy puedo llamar amigos, de los de verdad, y llegar a la fase final de este duelo, LA FELICIDAD DE VER A MI HIJA.

La felicidad de ver a mi hija correr, saltar, reír, jugar, pintar. (Como cualquier otro padre).

La felicidad de hacer reír a mi hija con el ataque besuno, la mano de las cosquillas, lanzamiento de almohadas y mil cosas más que nos inventamos. (Como cualquier otro padre).

La felicidad de oír a mi hija sus primeras palabras. (Como cualquier otro padre).

La felicidad de que tu hija te mire y obedezca. (Como cualquier otro padre).

La felicidad de ver a tu hija crecer sana. (Como cualquier otro padre).

La felicidad de que te pida ayuda para conseguir sus objetivos. (Como cualquier otro padre).

La felicidad de consolarla en sus momentos difíciles. (Como cualquier otro padre).

La felicidad de ver trabajar a su madre con ella. (Como cualquier otro padre).

Seguramente podría seguir toda la noche poniendo retahílas (como cualquier otro padre), por eso me revelo contra los que les doy pena o piensan “pobrecitos”, porque no saben en la felicidad más absoluta en la que me estoy sumergiendo, y porque por más que busco en mi hija especial (como para cualquier otro padre) no encuentro “las 7 diferencias” con el resto de personas, y creo que solo las encontraran quien quiera inventárselas, porque no creo que existan. El único miedo que tengo es qué será de mi hija el día de mañana (como cualquier otro padre), porque como bien dice una gran amiga mía, “esta vida no asegura a nadie el futuro de tu hijo”.

Después de la necesidad de escribir estas palabras (que seguramente nadie leerá porque me las guardaré para mí como siempre) por la noche de desvelo y nervios que hoy tengo ante la nueva aventura del cole que mañana empieza mi hija (como cualquier otro padre), quiero dar las gracias a mi hija por enseñarme las cosas importantes de la vida, por hacerme mejor persona y conseguir que viva plenamente, sin restricciones y feliz. A esos amigos de verdad, que ellos saben quién son, hamburgueseros y grilleros, por estar ahí en mis momentos de necesidad dándome sus palabras de aliento, sus consejos cuando les pido ayuda o ese collejón necesario algunas veces para levantarme el ánimo. Estáis consiguiendo que cambie el lexatín por vosotros. Y sobre todo, las gracias a mi mujer, porque sin ella nada de esta maravillosa aventura hubiera podido vivirse. No quiero irme sin despedirme de ese ente llamado autismo, solamente decirle que cada vez que vengas a mi casa te estaré esperando sin odio ni rencor, solo te esperare con amor, abrazos y miles de besos porque he descubierto que contra esto tu no sabes luchar y por eso cada vez vienes menos a visitarnos.»

 

 

 

 

 

 

 

 

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