A simple vista, mi hija Lucía, es como cualquier niña de seis años. Bueno no, es mucho más guapa, la dulzura que tienen en la cara nuestros niños, les hace especiales. Al menos, eso me parece a mí, que soy la madre, y que sé de lo que hablo, pues mi otro hijo, Pablo, también tiene autismo.

Lo mismo debió pensar la pequeñina que nadaba sola en la piscina y que se acercó a mi hija en busca de una compañera “normotípica” de juego. Tras preguntarle a Lucía varias veces el nombre y no obtener respuesta, la niña se quedó cerca para observar a mi hija. Quizá pensó que estando cerca, Lucía vencería su timidez y acabaría por decirle su nombre.

Lucía comenzó a jugar en el agua en silencio, bueno más que juego, a hacer unos movimientos rítmicos y repetitivos, pero sin emitir ningún sonido. Hasta aquí, nuestra amiguita observaba, pero no debió de notar nada fuera de lo corriente, pues seguía a corta distancia mirando y sonriendo a mi hija. Después de un rato de bailoteo, Lucía empezó a hablar: “paita, paita, pitina, pitina, cabo”. Esto además, se acompañaba de un movimiento de ambas manos de dentro hacia fuera. Para los que estamos familiarizados con los signos, quizá ésta explicación no sea necesaria, para los que no, les traduzco. “cabo” y el movimiento de manos, significa que “se acabó”. El resto de su frase, sí tengo que explicarla, pues incluso a los más cercanos, y a la familia, nos cuesta a veces entenderla. “paita, paita” no significa nada. Es simplemente que éste verano Lucía está enganchada a las pajitas. Le gusta llevar una, o incluso mejor, varias pajitas en las manos durante cualquiera de sus actividades, indistintamente del momento del día, o de la noche. Esta pasión-obsesión, hace que incluso muchas de sus frases empiecen, como en éste caso, por el nombre de su objeto de culto. Y por último, “pitina, pitina”, es sencillamente piscina. Eso sí, dicho dos veces, pues para mi hija, como para muchos de nuestros chicos especiales, el hecho de que todo sea en pares, mejor aún, de dos en dos, es muy importante, reconfortante y necesario. Bueno, resumiendo mi traducción, que Lucía había dicho que se había acabado estar en la piscina y que quería salir del agua.

Entonces se acercó  mi marido, el papá, para sacar a Lucía del agua. En ese momento, la niña de la piscina, que tras la parrafada ininteligible de Lucía, creo que sí se había dado cuenta de algo, preguntó a mi marido: “¿¿¿en qué habla ésta niña???”.

Mi marido, que ya está curando de espantos, contestó con total normalidad, que hablaba en “Lucío”. Por último, añadió con una gran sonrisa, que estaba aprendiendo español, que estábamos muy contentos pues ya decía varias palabras y que esperaba que para el verano que viene ya pudiera hablar con ella

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