Menchu Gallego es madre de un niño con Autismo de 4 años, el pasado 19 de septiembre publicó el el periódico digital Zigzag, esta carta en defensa de las dificultades que tiene su hijo y como él muchos otros niños y chicos con autismo.

Mi hijo no es maleducado, grosero, consentido, capricho, salvaje o cualquiera de esos calificativos que se te puedan pasar por la cabeza cuando ves una reacción en él para ti desproporcionada o extraña.

Tú tienes por suerte la posibilidad de mostrar tu desacuerdo, tu malestar, tu frustración, tu miedo, de maneras que socialmente son mejor vistas, más adecuadas, ese aprendizaje te vino de serie, a él no, pero es capaz de aprenderlo.

Él tiene sus dificultades y peculiaridades, como yo, como tú, como todos, ninguna mejor ni peor que otra, ninguna más grande o más pequeña, simplemente las suyas. Le cuesta comprender ciertas normas, gestos, formas de actuar, situaciones. No es para él fácil expresar si siente dolor y explicar dónde, hacer saber qué le molesta o contraría. En cambio para él muchas de las dificultades y peculiaridades que tú tienes son tremendamente simples, la diferencia es que él no se permite juzgarte por ellas.

De la misma manera que se comprende que un niño con miedo a la oscuridad grite en medio de la noche y te desvele, no mires raro a mi hijo si grita porque un sonido le asusta, o porque una luz le sobreestimula y necesita expresar de alguna forma lo que está sintiendo.

Al igual que puedes entender que si a un niño le cuesta aprender a montar en bici hay que poner empeño, colmarse de paciencia, de palabras de ánimo y reconocimiento ante cualquier avance sin importarnos el tiempo que tarde en conseguirlo, concede eso mismo a mi hijo cuando está conociendo y aprendiendo normas sociales y no le dediques miradas de rechazo ni hagas juicios de valor.

Tal como se acepta y consiente que un niño se frustre y monte una rabieta porque no le compran el juguete que quiere, recibiendo sus padres miradas cómplices, de apoyo entendiendo que «son cosas de niños», respeta y comprende los llantos de incomprensión, de miedo, de dolor que tiene mi hijo y guárdate tus comentarios absurdos e impertinentes y no pretendas hacerme sentir mala madre por bajarme a su altura y hablarle serena, en lugar de reaccionar de otro modo para ti quizá más adecuado, nadie mejor que yo sabe que es para él lo adecuado.

Dicen que la ignorancia es atrevida, yo añado que además es dañina, por eso te pido que antes de hacer daño a mi hijo con la tuya, tapes tu boca y cierres tus ojos cuando nos veas pasar y si no lo haces que sea para mirarme de frente y preguntarme qué debes saber para comprender, para ayudar, y sobre todo, para conocerle como realmente es. No te arrepentirás.

 

Menchu Gallego, madre de un niño con autismo

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