El despertar a un mundo nuevo 

 

“Hablo más bien poco pero observo lo que me interesa” —eso dicen los adultos–.

Pero cuando me siento en un entorno amigo suelto mi lengua a pasear. Ahora lo comprobarás. Lo siento por ti. No pases pena.

Amanece un maravilloso día que será muy especial. Han pasado diez años como el viento cabalgando las olas. Recuerdo como si fuera ayer, que esta expresión era la favorita de mi querida profesora. Un ser increíble. Te hacia sacar lo mejor de cada uno de sus alumnos. Un amor.

En mi cabeza visualizaba las olas de aquellos veranos con mis padres, hermano, y abuelos. De ir recogiendo pequeñas conchas en la playa y trocitos de cristales pulidos por la naturaleza, mi gran compañera. De luego al llegar a casa jugar con ellos formando hileras por tamaños y colores. Ir contando lentamente cada uno de ellos y  con el dedo señalando hasta sumar una y otra vez  el resultado de la aventura veraniega. Tal proeza era jaleada por mi familia.

Si vieras la cara de satisfacción que ponía y lo contenta que estaba con mi hazaña, seguro que te sonreirías. Como cuando jugábamos con la arena de la inmensa playa, juntando palitos y algas dibujando nuestro mágico mundo.

Mis sentidos gozaban del sabor a sal. De la blanca espuma cuando rompían las olas sobre las rocas. La brisa marina sobre mi piel jugueteaba con nosotros. Felices recuerdos que ahora te cuento justo cuando despierto a un mundo nuevo. Mi primer trabajo. No me lo podía creer. Iba a empezar a trabajar. ¡Qué mayor! Pero ¿Sabes con quién?

Con mi antigua profe y gran amiga. De ayudante en un campamento de verano. Ella, con paciencia franciscana y amor sin límites me explicó en que iba a consistir. Me frotaba los ojos. De mi mundo feliz al mundo de los mayores. Pero jugaba con una pequeña ventaja.  A los adultos los tenía muy estudiados.

Sería un trabajo ideal al aire libre en plena naturaleza. Lleno de árboles, plantas, y animales. Por vivir para contar. Un mundo nuevo de experiencias pero con responsabilidad. Esta palabra me sonaba familiar, no supondría una carga sino un honor. Cuidar de los peques y ayudarles a crecer felices y contentos. Tampoco sería un problema. Venía bien entrenada de casa.

Y como un suspiro pasaron los años de la niñez. Me hice mayor. Gracias a todos los que me ayudasteis. Trabajamos en equipo. Pude comprobar que el verdadero amor es imbatible siempre.

Jose Luis Roca Aymar

 

Todos los relatos y poemas de la X edición de ‘Cuéntame el Autismo’ pinchando AQUÍ 

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