Una copa por el Autismo

Autora: Ana Villalba

Este que veis aquí a punto de alzar la copa de la victoria es mi hijo Cristian. Y os contaré por qué le han dado una copa y por qué el señor le está ayudando a sostenerla.

En realidad ha sido un largo camino que hemos recorrido juntos durante 22 años, los que tiene ahora, con muchos corredores de fondo a nuestro lado y  un camino más duro que los  10Km que recorrió Cristian ese día.

Todo empezó cuando tenía 13 años, ya diagnosticado con autismo, con retraso mental severo, sin lenguaje apenas y la estatura y fuerza de un adulto. Su padre le llevó un buen día a correr con él, pero lo único que hizo fue gritar durante todo el camino. Al día siguiente salieron a correr y esta vez atados los dos de la mano, para que no se escapara. Cristian seguía gritando ante el estupor de la gente que los veía pasar. De nuevo al día siguiente se repitió la operación, atados de la mano, pero los gritos empezaron a reducirse…. Por fin a los 5 o 6 días ya salían juntos a correr, sin cuerda que los uniera y Cristian con la sonrisa en la boca. Mucho esfuerzo, mucha paciencia y sin consentirle al final fue en su propio beneficio.

Ahora, cada vez que salen a correr Cristian prepara la ropa de los dos: saca dos camisetas del cajón, coge los pantalones de correr, saca las zapatillas de la terraza y coloca dos sillas enfrentadas en la cocina para que papá le ate bien fuerte las zapatillas.

La diferencia de una persona con autismo con el resto de los corredores es que él no sabe que está participando en una carrera, no sabe lo que es ganar, y lo peor de todo debe ser no saber cuándo va a terminar el  esfuerzo. Por eso una persona con autismo que llega a la meta se merece una copa, aunque tenga igual o más fuerza corriendo que los demás.

En mitad de la carrera se paró enfadado, pero su padre le animó a seguir corriendo y los corredores que iban a su lado debieron comprender su discapacidad porque le iban animando

Si tuviera que dar yo una copa se la daría a todas las personas que nos han ayudado a normalizar una situación de autismo severo, a los profesionales de educación especializados en autismo, que le han enseñado a comportarse, a desensibilizarle en las diferentes situaciones médicas, a  intentar hablar o comunicarse, a contarle mediante pictogramas lo que va a hacer en cada momento, para anticipárselo… nada de sorpresas. Gracias Cepri, gracias Nuevo Horizonte.

También a nuestra familia, y a nuestro grupo de amigos con problemas similares que hemos ido ganando estos años y con los que hemos compartido fines de semana divertidísimos en casas rurales por toda España

Y por último daría una copa a las personas que cada día nos ven por la calle, en el autobús, en las tiendas, y que nos dedican al menos una sonrisa. A ellos mi agradecimiento por no poner cara de desprecio, y no decirnos: “Este niño es un maleducado” como ha ocurrido en alguna ocasión. En la carrera de ese día muchos contribuyeron a que el chico se sintiera a gusto, y encima recibió aplausos y se sintió triunfante. Llegar hasta allí no fue nada fácil.

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