Hoy he descansado mal, me he despertado muchas veces en la noche porque un millón de pensamientos resonaban en mi mente. Está amaneciendo, y me pongo un poco de música relajante para empezar el día. Quiero que hoy sea un día estupendo.

El estruendoso tic-tac del reloj no me deja concentrarme en el Réquiem de Mozart. No soporto ese ruido infernal.

En la ducha tengo que tener cuidado. No distingo bien si el agua está fría o caliente. Mamá me dice que me quemé hace un tiempo. No lo recuerdo, quizás no me hice tanto daño como ella cree, o quizás sí, tampoco lo recuerdo.

Me pongo la ropa del colegio. Esos pantalones me rozan la piel como si fueran de esparto, me pican, me acuchillan. No digo nada, es lo de siempre. Hoy quiero que sea un día estupendo.

Desayuno con papá. Me encanta tomar la leche en mi taza de siempre, comer mi tostada de siempre y beber un vaso de agua como siempre. Por alguna razón que no entiendo, hoy mi taza no está. Papá me cuenta con voz suave, que la rompió sin querer. Me enfado mucho ¡no puede ser que esto suceda! ¿Qué voy a hacer ahora? Mi respiración se acelera y entro en pánico. Se hace el vacío y un silencio atronador. Poco a poco escucho mi corazón acelerado y muy a lo lejos la voz de papá: “Respira tranquilo…”. Quiero que hoy sea un día estupendo. Respiro y consigo tomar un sorbo de leche que me impregna la boca con su empalagoso sabor.

Es tónica habitual que mis dos hermanos pequeños chillen y lloren. Estoy bastante acostumbrado. Me gusta que me digan qué tengo que hacer cuando sucede: “Ponle el chupete”, “No le quites el juguete”, y por lo general funciona. Hoy mi hermana empieza a llorar y a gritar tan alto que noto como tiemblan las paredes. Le doy el chupete, le doy un juguete y sigue llorando. Sólo quiero que esté bien, y que deje de chillar. La abrazo muy fuerte. Y chilla más. La aparto de mí con todas mis fuerzas por si le hago daño. Y cae al suelo. Mamá se enfada conmigo. A veces pienso que no sé hacer nada bien. Sigo queriendo que hoy sea un día estupendo.

Tras una larga preparación, llega la hora de ir al colegio. Vamos caminando. Disfruto del paseo. Las hojas de los árboles se mueven ligeramente con la brisa fresca de la mañana, y dejan pasar curiosos los rayos de sol que se reflejan en los charcos de agua. Juego con mis dedos delante de mis ojos, para ver cómo las motas de polvo del aire se desvanecen entre ellos. Memorizo las matrículas de los coches aparcados en la calle principal. Los números crecen y se colocan ante mis ojos, paseándose como en un desfile de modelos. Casi siempre son las mismas; desde ayer han cambiado tres. En mi cabeza sigo escuchando el Réquiem de Mozart, aunque la grandiosa melodía se oculta entre los gritos de los estudiantes al entrar en el colegio. Parece que fueran millones. Intento seguir escuchándola, pero el ruido puede más que la melodía. Adiós a Mozart por hoy. Hoy quiero que sea un día estupendo.

Me abro paso entre los niños. Me cuesta mucho caminar cuando estoy rodeado de gente. Me rozan, me tocan, me tambaleo, incluso a veces me caigo. No me importa porque hay niños que se ríen, y eso parece que está bien. Yo me río con ellos.
Por fin, llego a mi clase. Aquí conozco todo bien. Me gusta sentarme a trabajar cuando entiendo lo que tengo que hacer. A veces las maestras hablan tanto que me pierdo y prefiero hacer otras cosas. Hoy estoy muy contento porque he entendido perfectamente qué quería la maestra que hiciera, me ha dado hasta un escalofrío. Me gusta sentirme como el resto. Hoy quiero que sea un día estupendo.

Llega la hora del recreo. Busco una esquina silenciosa para tomarme mi sándwich de siempre. Hoy hay unas niñas jugando en esa misma esquina. Parecen pasarlo bien. Me acerco para tomar mi merecido descanso con ellas. En cuanto llego, ellas se van. Seguramente tendrían que hacer otra cosa. Me quedo solo y me siento. Muchas veces prefiero estar solo, pero la mayoría no.

Me gusta observar cómo todo está en su lugar. Los gorriones revolotean alrededor de su nido en la oquedad de la pared de la cancha de baloncesto. Niños que juegan al fútbol celebran con gritos cada subida del marcador. Sus respiraciones aceleradas parecen ir al compás del reloj de la secretaría que oigo perfectamente desde donde estoy. Las maestras pasean por el patio siempre en una diagonal, dan el mismo número de pasos al ir y al volver y mientras pasean hablan en parejas. Se ríen agitando los brazos, se tocan el pelo, se sacuden la arena del pantalón. Un grupo de siete niños tiran sus peonzas a escasos metros de mí, rozando sus cabezas que forman un círculo perfecto. Las peonzas bailan bajo las atentas miradas de sus dueños mientras otras niñas bailan bajo las atentas miradas de unos chicos que se asoman desde la verja al son de una música que desconozco.

Entre la marabunta humana, el polvo del campo de fútbol, y los gritos que me nublan la vista atisbo unos ojos enormes marrones que me resultan muy familiares. Hay una persona detrás de ellos. Se para delante de mí. Me pide permiso con la mirada para estar conmigo. Asiento con la cabeza y se sienta a mi lado. Me enseña un libro y me lo da. El tiene otro libro. Leemos juntos. No hablamos, no hace falta más. En ese preciso momento, empieza a sonar el Réquiem de Mozart, la ropa me parece suave, el sándwich me sabe delicioso, me siento importante y sonrío. Estoy feliz y tranquilo. ÉL ES MI AMIGO.

El día es estupendo.

 

C.M.A.

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